
Esta mañana me desperté con la sensación de estar en un lugar que no es este. Como si el aire tuviese otro olor, otro color y otra textura. Se parecí un poco a esa sensación que tienes cuando estás unos días en otra ciudad, en otro país... de repente todo tiene un gusto diferente. Será por eso que me encanta viajar, porque tengo la sensación de estarme reinventando en cada nuevo lugar sin dejar de ser yo misma. 

Y una cosa llevó a la otra. Porque cuando quiero sentir que todo es especial suelo recurrir al pasado. Y no al mío. El mío es especial para mí y al mismo tiempo, no tiene ni la más mínima importancia, dado que, yo no se la doy, lo vivido, allí quedó. Así que al pasado, a ese que ves en las películas, a ese que lees en los libros, a esa atmósfera donde todo parece glamouroso y despreocupado, casi perfecto por casualidad. Como cuando te besas por primera vez y es un buen beso, es casi perfecto, y por casualidad.

Me he puesto a soñar con una casa veneciana en Grecia, con ramos de flores sobre la cama, con desayunar frente a un escaparate a la Audrey Hepburn, con tomar champang a lo chica liberty, con ir al cine a ver el documental de Sorrow and the pity, con las cenas con baile, con un picnic en la campiña, con ir a la playa en bicicleta con cesta de mimbre, con un pañuelo en la cabeza y unas gafas de sol, con bañarme desnuda en el mar una noche de primavera muy estrellada, con tomarme un Manhattan con un vestido nuevo en un local de jazz
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